15 abr. 2013

Reflexión: La Superación Personal

 
Con palabras de la Beata Teresa de Calcuta comenzamos hoy para animarnos

“Siempre ten presente que la piel se arruga, el pelo se vuelve blanco,
y los días se convierten en años.
Pero lo importante no cambia; tu fuerza y tu convicción no tienen edad.
Tu espíritu es el plumero de cualquier tela de araña.
Detrás de cada línea de llegada, hay una de partida.
Detrás de cada logro hay otro desafío.
Mientras estés vivo, siéntete vivo.
Si extrañas lo que hacías, vuelve a hacerlo.
No vivas de fotos amarillas.
Sigue aunque todos esperen que abandones.
No dejes que se oxide el hierro que hay en ti.
Haz que en vez de lástima te tengan respeto.
Cuando por los años no puedas correr, trota.
Cuando no puedas trotar, camina.
Cuando no puedas caminar, usa el bastón.
¡Pero nunca te detengas!”
Donde hay confusión, hay que poner distinción. El uso que hacemos de nuestro lenguaje puede producir toda clase de tropiezos y malentendidos. Las palabras son símbolos que usamos para describir conceptos, tanto concretos como abstractos. Con la palabra “mesa”, describo una realidad concreta y, con la palabra “bondad” describo una realidad abstracta. Nadie ha visto andar a “la bondad” por la calle. Podemos haber visto, eso sí, a una persona que para nosotros es buena.
 
Por su propia naturaleza, las palabras jamás podrán reflejar por completo lo que algo es, ni en toda su extensión, ni en toda su profundidad. Por eso, nos resulta tan difícil encontrar palabras para describir muchas de nuestras experiencias. Sin embargo, nuestras palabras son muy útiles porque nos permiten compartir información y entender de lo que hablamos.

Nuestra manifiesta tendencia a juzgar en vez de a explorar, hace que con facilidad pongamos etiquetas a las cosas, a las situaciones y a las personas. Lo interesante es que una vez que a algo le hemos puesto una etiqueta, nosotros ya no nos vamos a relacionar con esa realidad, sino con la palabra que la describe. Si por ejemplo me encuentro con alguien en la oficina y pienso: “Ese tío es un borde”, a partir de ese momento, habré reducido todas las dimensiones de esa persona a lo que cabe en la etiqueta que yo le he puesto. Ya no veo a la persona, sino que sólo veo la descripción que yo he hecho de ella. El descubrimiento de las neuronas espejo, hace ya más de diez años, nos deja ya pocas dudas sobre la capacidad de nuestros cerebros para captar lo que otras personas sienten hacia nosotros.No cabe duda de que hay personas que irradian una gran toxicidad a su alrededor.

Hace años en un programa de coaching que yo dirigía, una participante que era directora de recursos humanos de una empresa, dijo con rabia:
–Mi jefe es un gusano.
Sin que ella se diera cuenta y acompañando a sus palabras, levantó su pie derecho y lo dejó caer con fuerza, como si quisiera aplastar algo.

¿Cómo nos sentiríamos cada uno de nosotros, si se nos viera como a un gusano? ¿Qué ganas de colaborar tendríamos con alguien que nos ve así?



No cabe duda de que hay personas que, en su forma de ser, irradian una gran toxicidad a su alrededor. Sin embargo nosotros, al etiquetarlos quizás como malas personas, estamos reforzando su actuación. El “ojo por ojo y diente por diente”, lejos de favorecer la lucidez y la concordia, ha generado aún muchas más personas “tuertas y desdentadas”. Saber separar lo que una persona es de lo que una persona hace pide mucho trabajo interior. Si queremos que otras personas sean más generosas, más serviciales, más auténticas y más éticas, somos cada uno de nosotros los que tenemos que dar ejemplo de ello y no “tirar la piedra y esconder la mano”. Para ser capaces de poner respeto donde hay hostilidad y amabilidad donde se ha perdido, tenemos que crecer y madurar mucho.

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