27 ago. 2012

Plegarias de San Agustín



“Señor Dios, haz que te ame con hondura y estreche tu mano con todas las fuerzas de mi corazón, y así me vea libre hasta el fin de todas las tentaciones”.

“Date a mí, Señor, devuélvete a mí, porque te amo. Y si mi amor es poco, haz que te ame más. No puedo medir mi amor para saber cuánto le falta para que sea suficiente y mi vida corra hacia tu abrazo y no se aparte de ti, sino que se hunda en tu rostro. Sólo una cosa sé, y es que sin ti soy desgraciado, y en mí y fuera de mí no tengo sino malestar; pues toda abundancia de lo que no es mi Dios no es abundancia sino miseria”.

“Señor y Dios mío, pon en mí tus ojos, óyeme, compadéceme y sáname. Porque ante tus ojos me he convertido en un problema, con tanta miseria”.

“Dios mío, lo que puedo hacer es manifestarte mi amor y confesarte mis muchas miserias y tus grandes misericordias para conmigo, para que termines la obra de mi liberación, puesto que ya la has comenzado, y deje yo de ser miserable en mí y empiece a ser feliz en ti”.

“A la luz de la verdad que eres tú, Dios mío, veo claro que las alabanzas no deben moverme por mí sino sólo por el provecho del prójimo. Y no sé si es así. Yo me conozco mal, tú me conoces bien. Entonces, Señor, te suplico que tú mismo me hagas ver lo que debo confesar sobre lo que en mí encuentro de llagado a los buenos hermanos que van a rogarte por mí. Debo interrogarme con mayor diligencia”.

“Señor, somos tu pequeña grey, poséenos. Extiende sobre nosotros tus alas para que nos salvemos a su cobijo”.

“Señor y Dios mío, escucha mi oración y que tu misericordia atienda a mi deseo, que no arde solamente por mí sino también, con fraterna caridad, por el bien de mis hermanos. Tú penetras en mi corazón y sabes que es así”.

“Te suplico, Señor, que estas cosas que tan claras veo ahora en tu presencia, me sean aún más claras, y que en esta persuasión permanezca yo sabiamente al amparo de tus alas”.

“Sé Tú, Señor, el árbitro entre mis confesiones y sus contradicciones”.

“Quiero invocarte, Señor, misericordia mía, que me creaste y no olvidaste al que se olvidó de ti. Ven a mi alma, que tú preparas para recibirte con el deseo que le inspiras”.

“Tú, Señor, iluminarás nuestra noche; Tú nos vestirás de tu luz, y nuestras tinieblas serán más claras que el mediodía”.

“Mi alma, Señor Dios, es en tu presencia como una tierra sin agua que ni puede iluminarse por sí ni tampoco saciarse de sí. Tú eres la fuente de la vida, y en tu luz veremos tu luz”.

 “Tú, Señor, das la vida a quien desea recibirla y bendices los años del justo. Mas Tú eres siempre el mismo; y en tus años, que no acaban, preparas un amanecer para nuestros años transitorios”.

“A ti solo, Señor Dios, se te ha de pedir, en Ti se ha de buscar, a tu puerta se ha de llamar; de este modo y sólo así, recibiremos lo pedido, lo encontraremos, y se nos abrirá tu puerta”.

Las Confesiones

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