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12 abr 2013

Oración Tercer Domingo de Pascua: ¡ES EL SEÑOR!



 
La oscuridad, se convierte en luz.
La esterilidad, en fruto abundante.
La apatía, en dinamismo.
La vergüenza, en valentía apostólica.

¿No lo veis? ¿No lo sentís?
¡Es el Señor!
Y, a su voz, decimos que ¡SÍ!
Que merece la pena intentarlo de nuevo.
Que echaremos las redes en su nombre.
Que, incluso con cansancio,
nos lanzaremos aún a riesgo
de perder algo nuestro, por el camino.

¡Es el Señor!
Y, cuando sale a nuestro encuentro,
es porque quiere que compartamos su vida.
Y, cuando anochece en nuestros afanes,
el Señor, desde la otra orilla,
nos brinda la fuerza necesaria
para que no nos ahogue la desesperanza.

¡Es el Señor!
Cuando amanece con el Señor,
todo cambia de color:
el cansancio desaparece,
la mala suerte termina,
el esfuerzo inútil da lugar al trabajo fecundo.

¡Es el Señor!
Y, cuando uno cree en Él,
en silencio cree en Él, espera en Él y ama en Él.
Y, cuando uno cree en Él,
como Pedro, los ojos se ponen en Él,
las alabanzas, los pies en la tierra
y la barca dejada en Él.

¡Es el Señor!
Y, cuando uno ama como Juan
los labios se atreven a pronunciar
lo que el corazón siente y la fe anima:
¡ES EL SEÑOR!

Padre J.Leoz

11 abr 2013

Reflexión Tercer Domingo de Pascua: APARECE EL SEÑOR, Y TODO AMANECE

 
Estaban tan acostumbrados a vivir al calor y al amparo del Maestro que se habían olvidado hasta de trabajar para vivir y, cuando regresan a lo de siempre, la suerte les da la espalda: ¡no hemos pescado nada!

¡Cuántos momentos y sucesos entrañables les vendrían a la memoria de aquellos hombres!; tormentas calmadas; Pedro sobre las aguas; curaciones; resurrecciones; idas y venidas; ¡todo! (pensaría alguno para sus adentros) fueron horas felices que quedaron para siempre en el pasado:
-Allá en el mar de Galilea Jesús los constituyó en el grupo de los “doce”.
-En la arena sus ojos se cruzaron con los de Jesús… oyeron su voz y, dejándolo todo, lo siguieron.
-Al murmullo de las aguas, tranquilas pero llenas de vida, contemplaron absortos la multiplicación de los panes y de los peces.


 Uno a uno, ¡ay si hablase Tiberiades!, repetiría la misma propuesta con la misma respuesta: ¡SEGUIDME!... ¡CONTIGO IREMOS SEÑOR!

Y, en el amanecer, cuando aquellos amigos que parecían vencidos por una pesca estéril e infructuosa, cuando el silencio era tenso por la ausencia de Aquel que en el corazón estaba presente… de nuevo suena la misma voz con llamada al ánimo y a la esperanza, a la insistencia y al desafío:
¡ECHAD DE NUEVO LAS REDES!

-Lo desconocido se hace amigo.
-Los ojos cansados se transforman en asombro.
-El ayer, de repente, se actualiza, se retoma… ¡amanece con el Señor!.
Y se rompen y saltan por los aires, una vez más, esquemas y redes, sayales y olas, tristezas y sufrimientos, dudas y noches oscuras.

 
¡AL AMANECER, UNA VEZ MAS, JESÚS LO HACE TODO NUEVO!
En el amanecer de aquel día, el intuitivo Juan, supo reconocer al que en una mesa de Jueves Santo  le dejó que reclinase en su pecho.

¡ES EL SEÑOR!


los gestos se repetían con la complicidad de los que nunca jamás olvidaron. Después de “cortarse el fuego” amanece Jesús,  como una luz frente a la oscuridad. Sin su presencia todo esfuerzo habría sido en balde.  Con su aparición toda expectativa se queda corta.
¡ES EL SEÑOR!

A pie de tierra, el Resucitado (que habla, bendice, indica y comparte) que tiene mucho de Señor y otro tanto de “siervo mayor” se sienta y los hace sentar a los que un día llamó en ese mismo lugar para que descubran en la amabilidad y en la afabilidad, en la sencillez y en el servicio, en la amistad y en el compartir... sigue tan vivo como aquella primera vez… como la primera vez de aquel encuentro inolvidable en el lago.
¡ES EL SEÑOR!

Y la noche, que infundía temor y cólera, abatimiento y desesperanza, se transforma en una jornada resplandeciente e iluminada por la presencia de Aquel que, una vez más, les sorprende, les llena y les habla con palabras y gestos de amigo.
¡ES EL SEÑOR!

Y con el Señor las cosas toman un cariz totalmente distinto. El trabajo se convierte en misión y la iglesia, a pesar del cansancio, retoma el impulso perdido sabiendo que, cuando Cristo está en el centro, nada es imposible para Aquel que la sostiene.
¡ES EL SEÑOR!
 
 
¿Con qué signos se acerca hoy el Resucitado hasta nosotros?

-No con redes o seminarios rebosantes de peces o llamados al sacerdocio… y sí con rostros cargados de tristezas y de miserias. Con rostros doloridos por fracasos e incomprensiones, luchas y desatinos, dejadez o desencanto.

-No con brasas o dinámicas de trabajo en las que a veces nos malgastamos y nos empeñamos en una agenda interminable… y sí con una llamada responsable a ser iglesia, mejor iglesia, con menos círculos cerrados y alejándonos de la imagen de un simple cortijo donde unos pocos dirigen, y los demás bregan y dejan la piel en la pesca (cada día más difícil) de ese mar inmenso que es el mundo que nos rodea.

-No en lagos, barcas o reuniones que ponen al descubierto diferencias y discrepancias y siempre con más de lo mismo....y sí con una lectura  reposada de su Palabra, con una vuelta a su Evangelio, con una sinceridad de vida, con un trabajar más y más horas en favor de su Reino, con un bajar a la realidad y a la vida de tantos que siguen remando mar adentro pero necesitados de palabras de aliento y de consuelo.

Oración Tercer Domingo Pascua: ¡POR TU NOMBRE, SEÑOR!

 

Echaré las redes de mi vida,
para que otros tengan savia y en abundancia.
Esperaré a que el sol se imponga sobre las tinieblas
y comprender que, no hay noche que dure una eternidad.

Miraré al fondo de los acontecimientos
y confiaré en que, Tú y sólo Tú,
eres quien iluminas las sombras de la existencia humana.
¡POR TU NOMBRE, SEÑOR!

Me desgastaré, en cuerpo y alma,
para llevar almas y corazones a tu encuentro
para que, el mundo, tan colapsado de cosas como vacío de sentido
recupere la alegría que nos ofrece tu ser resucitado.
¡POR TU NOMBRE, SEÑOR!

Mantendré firme mi amor y fe en Ti
para, luego, ser ardiente antorcha
que irradie luz y paz allá donde me encuentre.

Mantendré firme mi esperanza en Ti
para que, el hombre que busca y no encuentra,
sepa que en Ti encontrará siempre una respuesta
¡POR TU NOMBRE, SEÑOR!

Te amaré hasta el final y, amándote como Tú mereces,
sembraré de fraternidad y de perdón mis caminos,
de alegría y de belleza los corazones de los que te anhelan
de regocijo y de seguridad
los rostros cansados de tantos caminos retorcidos.

Amén

Padre Javier Léoz
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