16 may. 2014

Reflexión Mariana: Cuándo los pequeños no descubren lo grande.


Caminaban, padre e hijo de la mano, cuando pasando por delante de una iglesia, el niño le preguntó: Papá ¿qué hay ahí dentro? 

Y, el padre, le respondió: Nada; hijo mío. Un día te trajimos a bautizar pero, desde entonces, ya no hemos sabido nada de aquello. ¡Quiero entrar!- Gruñó el niño.

Una vez en el interior de la iglesia, el pequeño iba fijándose en las imágenes, en las vidrieras, en los ornamentos. Llegó delante de un altar muy especialmente adornado. Y le dijo a su padre: ¡mira, papá! ¡Pone que es nuestra Madre!

El padre, volviéndose sobre sí mismo, se emocionó profundamente. Hacía dos años que, la madre del niño y su esposa, había fallecido.

¿Por qué nunca me has hablado de Ella, papá? - Siguió el chaval. Y, el padre, abrazándolo fuertemente le contestó: te prometo, hijo mío, que esta noche te hablaré de Ella.

Y, una vez en casa, cogiendo el evangelio, le contó al pequeño varias cosas sobre la Virgen María.

Esta anécdota, que es cierta, termina de la siguiente forma: todos los domingos, cuando amanecía, el niño le decía a su padre: vamos, papá;  que la mamá nos espera.

La felicidad, a pesar de la ausencia de un ser querido, fue recompensada con creces con aquel re-descubrimiento de María que, un niño, regaló a su padre.

No queda la historia ahí; meses después, y a continuación de la Eucaristía, el padre conoció a una joven en parecidas circunstancias pero sin hijos. 

En su hogar, en el comedor, quisieron poner la siguiente inscripción: la Virgen, con un niño, hizo nuestro amor. Lo hizo posible en Belén.  En Caná. En la Cruz. Primero como niño y más tarde como joven.

María, ha intervenido como mediadora, a través de los siglos, en  “muchos posibles”. Con un Niño, hizo feliz al Padre del cielo, le dio la posibilidad de tener una enamorada en Nazaret, un amor en Belén y una entrega sin condiciones en el Calvario.

Que nosotros también aprovechemos este mes de mayo para descubrir el encanto de creer y de esperar en Jesucristo muerto y resucitado.

Que, además, sean días de veneración y devoción a María. Ella siempre nos da pequeñas y grandes sorpresas en nuestro vivir.

María, siempre debajo de su brazo, nos trae escondido un pequeño tesoro: Jesucristo.


http://www.javierleoz.org/

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