31 oct 2013

Atajos para llegar al cielo



1. ¿Qué es el cielo? Se llama cielo al estado de felicidad de quienes mueren en gracia de Dios. Es la sentencia de premio en el juicio divino. Es la situación de gozo completo sin mezcla de dolores que reciben quienes alcanzan la santidad y se presentan ante el Señor con el alma limpia, brillante, adornada de virtudes y buenas obras.

2. ¿Qué premios hay en el cielo? El cielo es un premio eterno. Allí nadie puede pecar, ni lo desea. Sólo se ama el bien. Los gozos del cielo duran para siempre, nunca terminan. Suelen agruparse en dos:
·        La visión de Dios. Es el premio principal: la unión con Dios, la intimidad con el Señor que es el Bien supremo y origen de todos los bienes y gozos posibles.
·        La felicidad completa. Todos los buenos deseos satisfechos, todas las ilusiones cumplidas. En compañía de los ángeles y los santos, y de Santa María.

3. ¿Por qué cuesta tanto imaginar la gran felicidad del cielo?
Porque el mayor gozo del cielo es espiritual, y en esta vida hay mucha tendencia a buscar la felicidad en asuntos materiales. Así se pierde soltura para captar los bienes espirituales y su valor superior.

4. ¿Hay diversos gozos en el cielo? Sí. Los más santos gozarán en el cielo de una felicidad mayor. Suele ponerse el ejemplo siguiente: imaginemos varios recipientes de distinta capacidad: un vaso, una botella, una tinaja, un tonel. Si los llenamos, todos estarán completos pero cada uno según su capacidad. En el cielo seremos completamente felices pero cada uno según la capacidad de su corazón.
5. ¿El cielo es un autopremio? En parte sí pues cada uno lo alcanza con sus méritos y buenas obras. Pero más bien es fruto del amor de Dios que ha establecido gratuitamente ese premio tan grande. Nadie puede autollevarse al cielo; es el Señor quien lo otorga.

6. ¿Qué camino conduce al cielo? Nuestro Señor Jesucristo nos indicó el modo de vida que nos llevará al cielo. Basta poner en práctica sus enseñanzas. Para conseguirlo, será necesario contar con la ayuda de los sacramentos y de la oración.

7. ¿Consejos y atajos para ir al cielo? Para avanzar rápidamente hacia el cielo se suele recomendar:
·        El repaso asiduo de las enseñanzas de Cristo (doctrina cristiana).
·        La práctica frecuente de la confesión.
·        La devoción confiada hacia María Santísima.

8. ¿Conviene desear el cielo? Es muy conveniente desear el cielo fomentando el ánimo y la esperanza de llegar a ver a Dios. Además de desearlo, habrá que ir dando pasos hacia el cielo, pero se camina más velozmente hacia los ideales si se fomenta la ilusión por la meta.

9. ¿Desear el cielo no es egoísmo? El egoísmo es un amor propio exagerado y que prescinde de los demás. En cambio, el deseo del cielo es un amor propio correcto -el mejor- y no olvida a los demás, ya que el camino hacia el cielo incluye la caridad, amor a Dios, el servicio, el afán apostólico, etc.

Ignacio Juez
http://blogdeuncatolico.blogspot.com.es/2010/11/el-cielo.html

D. Javier, nos explica y responde a preguntas sobre EL CAMINO PARA ALCANZAR EL CIELO en su blog:
http://santamariadebaionadiocesistuy-vigo.blogspot.com.es/2011/05/el-cielo-la-recompensa-de-los-justos.html
 


Ojalá que todos pongamos los medios para ir a él, porque será el resultado de una vida de tendencia a la santidad, a la que cualquier cristiano corriente puede aspirar como consecuencia de haber recibido el SANTO BAUTISMO, que nos metió de lleno en los planes de Dios. 
Cierto que supone la lucha diaria, pero que no será muy difícil, si ponemos los medios que todos los santos han puesto a través de la historia de la IGLESIA. La SANTIDAD no consiste en no caer, sino en saber levantarse. Así lo han dicho los SANTOS...
Dios no niega su gracia al que pone de su parte todo lo que pueda. Si al morir tenemos que purificarnos... ahí está el PURGATORIO. 
Y Dios nos libre de caer en el INFIERNO. 

No te olvides de que DIOS, "que te creó sin tí, no te salvará sin ti"
Y si tienes devoción a NUESTRA SEÑORA LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA, MADRE DE DIOS Y MADRE NUESTRA, será un signo de predestinación, como lo ha dicho muchos santos. 
Ánimo pues, y a no cesar en la lucha diaria. 
Que Dios y Santa María vengan en nuestro auxilio.
Amén. 

El cielo LA RECOMPENSA DE LOS JUSTOS:
“Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos,  para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros” (1ª Pedro 1:3-4).
Una emocionante promesa que Jesús hizo es la siguiente: “Vuestro galardón es grande en los cielos” (Mateo 5:12; Luc. 6:23) Los que somos cristianos tenemos esperanza (Efes. 4:4) de una vida en el cielo, la cual sobrepasa abundantemente a esta vida en gloria, esta es una gran bendición que hace que valga la pena ser cristianos. Ninguna otra iglesia tiene tantos cánticos acerca del cielo, ni canta tan a menudo acerca de un hogar futuro. Nuestra expectación del cielo nos lleva con gozo a través de las muchas tribulaciones y cargas que llevan a otros a la tristeza y a la desesperanza (1ª  Tes. 4:13).

Hubo alguien que llegó a la siguiente conclusión: “La vida cristiana es todavía la mejor vida que el hombre puede vivir mientras esté aquí, aun si no hubiera recompensa después de la muerte”.  En concordancia con lo anterior, esto fue lo que Pablo escribió: “La piedad para todo aprovecha, pues tiene promesa de esta vida presente, y de la venidera” (1ª  Tim. 4:8)  Jesús enseñó lo mismo: “Yo he venido para que tengan vida y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10)  Una vida abundante no es una vida sin problemas. Esto fue lo que Pablo escribió: “Y también todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución” (2ª  Timoteo 3:12) La persecución que Pablo sufrió le llevó a decir: “Si en esta vida solamente esperamos en Cristo, somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres” (1ª Cor. 15:19) Pablo escribió acerca de sus tribulaciones con Cristo: “Si como hombre batallé en Efeso contra fieras”, ¿qué me aprovecha? Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos, porque mañana moriremos” (1ª Cor. 15:32; Isa. 22:13).
 


El Nuevo Testamento nos da promesas más abundantes como desear fervientemente el cielo.  Aunque el cielo, en el sentido de hogar eterno de los salvos, no se menciona en las Escrituras frecuentemente, ni es descrito en detalle, sin embargo, las bendiciones del cielo son aludidas muchas veces.

Nuestra esperanza cristiana de un hogar en el cielo es una de las cosas que nos trae gozo (Rom. 12:12). Esta es una promesa mejor que la que fue hecha a los que estaban bajo en antiguo pacto (Heb. 8:6; 10:34) A éstos se les prometió la tierra de Canaan, una larga vida y prosperidad, si observaban el pacto que Dios hizo con ellos (Deut. 4:13; 5:33). Si todo lo que se nos promete es un lugar sobre una tierra restaurada a su estado prístino, entonces las promesas de Dios bajo en nuevo pacto, la base de nuestra esperanza, no son mejores que las promesas de tierra que Dios le hizo a Israel (Deut. 28:1-14)  No obstante, nuestra esperanza es un lugar para siempre en el cielo (1ª  Pedro 1:3-4) en un lugar de un lote de tierra con prosperidad y larga vida en la tierra. 


¿CÓMO ES EL CIELO?
Para poder comprender el cielo tal como se describe en la Biblia, debemos darnos cuenta, como lo estudiamos en una lección anterior, que la palabra “cielo” se usa para tres diferentes esferas (2ª  Cor. 12:2-4).
1. El cielo en el cual se encuentran las nubes (Deut. 11:11)y en el que los pájaros vuelan (Salmo 72:2)
2. El Universo lleno de estrellas y constelaciones (Gén. 1:14-18; Deut. 1:10) , y
3. El lugar en cual mora Dios, donde los redimidos de la tierra vivirán para siempre (1ª  Ped. 1:3-4) Esta última referencia es el interés de esta lección.

La expresión “reino de los cielos” se usa para referirse a:
1. El reino eterno de Dios (Mateo 13:43)
2. El reino preparado para los salvos  (Mat. 25:34), y
3. El reino de Cristo del cuál él predicó que estaba cerca y acerca del cual envió a otros a predicar. A este reino se le refirió como “reino de los cielos” (Mateo 4:17); “reino de Dios” (Marcos 1:15), “mi reino” (Lucas 22:30), y “reino de su amado Hijo” (Col. 1:13). Una hebra (hilo) común, que corre a través de estos términos, los correlaciona en significado, pues todos ellos se refieren al reino de los cielos. El reinado especial de Cristo, el cuál él predicó que estaba cerca (Mateo 4:17), comenzó con su ascensión (Efes. 1:19-23) y terminará cuando él regrese (1ª  Cor. 15:24) Esta lección hará énfasis en el reino en al cual los salvos entrarán como su recompensa eterna (Mateo 25:34) Solamente el contexto puede determinar cuál de estos usos del término es el que se da a entender en cada pasaje. 

Dado que el cielo no es una dimensión física, tangible, debemos tener en cuenta que los términos referidos, sólo pueden insinuar las realidades de esta esfera espiritual. Pablo escribió lo siguiente: “No mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas” (2ª  Cor. 4:18) Aunque Dios describe al cielo en términos que se refieren a cosas materiales, no se debe pensar de éste como algo material. 



El cielo es...
* El “paraíso de Dios” (Apoc. 2:7) Un lugar de descanso
* Una “ciudad” (Heb. 11:10,16; 13:14), un lugar de protección
* “La casa de mi Padre” (Juan14:2), el palacio del Rey
* “El reino de el Padre” (Mateo 13:43) “el reino eterno” (2ª Ped. 1:11) Un lugar donde Dios estará reinando sobre su reino
* Cielos nuevos y tierra nueva” (2ª  Pedro 3:13) Un lugar especial, diferente y mejor que los actuales cielos y tierra.

La tierra no ha de ser renovada ni transformada en una habitación espiritual. Si así lo fuera, entonces no podríamos tomar en serio al que se sentó en el trono y dijo: “He aquí yo hago nuevas todas las cosas” (Apoc. 21:5) Ni podríamos tomar literalmente la siguiente expresión: “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron” (Apoc.21:1) 

La nueva Jerusalén, la ciudad de los salvos, se describe como estando hecha de los más costosos materiales conocidos en la tierra (Apoc. 21:11-21) Tal descripción es impresionante, casi más allá de la imaginación humana. Es el cuadro que Dios quiso que nosotros los mortales tuviéramos. Seremos impresionados cuando seamos glorificados en su reino (1ª Tes. 2:12; Heb. 2:10) cuando contemplemos su esplendor y gloria (Rom. 8:18) y cuando seamos participantes de esa gloria (1ª  Pedro 5:1) El será “glorificado en sus santos” (2ª Tes. 1:10). Seremos también impresionados por el hecho de que no se trata de una esfera temporal, si no que nos proveerá a nosotros, como ciudadanos del cielo, “un cada vez más excelente y eterno peso de gloria” (2ª Cor. 4:17) Comparado con la tierra, es “una mejor patria, esto es celestial” (Heb. 11:16)  
Las buenas nuevas acerca del cielo es que éste siempre existirá y será siempre el mismo. No será como esta tierra transitoria. Nuestra esperanza es “una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para nosotros” (1ª  Pedro 1:4) El cielo es un lugar “donde ni la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones no minan y hurtan” (Mateo 6:20; Luc. 12:33)  Cada uno de los que entren al cielo tendrá un nuevo cuerpo, “una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos” (2ª  Cor. 5:1).

El más maravilloso aspecto del cielo será nuestra asociación por toda la eternidad con Dios, Jesús y el Espíritu Santo (Apoc. 21:3), y con todas las personas maravillosas salvas que habrán vivido.  No hay convivio en la tierra que se pueda comparar con el convivio eterno que tendremos en el cielo. Si pudiéramos echar una mirada, aunque fuera por un momento, a la gloria del cielo y ver la comunión que experimentaremos, estaríamos tan emocionados de ir allí, que pasaríamos cada instante despiertos soñando con ello, trabajando y planeando para ello. Esto fue lo que Pablo escribió: “Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse” (Romanos :18)


¿QUÉ HABRÁ EN EL CIELO?
Para ayudarnos a comprender el cielo se usan símbolos. El cielo no tendrá cosas como as que necesitamos aquí en la tierra, tales como el sol, la luna, o una lámpara; no habrá noche allí pues el Cordero será su lumbrera (Apoc. 21:23,25; 22:5)  El tener acceso inmediato a la presencia divina significará que no será necesario un templo, pues Dos y el Cordero serán el templo (Apoc. 21:22)
No tendremos necesidad de alimento físico, pues la vida será sustentada por el agua del río de la vida y por el árbol del fruto de la vida (Apoc. 22:1-2) No estaremos ya más separados de Dios, pues, “él morará con ellos; y ello serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios” (Apoc. 21:3)  El trono de Dios y del Cordero estará allí, y debido a esto, no puede haber allí maldición (Apoc. 22:3) Sólo justicia habrá en nuestra nueva morada (2 Pedro 3:13)

¿A QUÉ NOS ASEMEJAREMOS?
Nuestros cuerpos materiales serán transformados en cuerpos espirituales (1ª Cor. 15:44,51-54)  Los cuerpos materiales no serían adecuados para la dimensión espiritual a la que entraremos, pues, “la carne y la carne no pueden heredar el reino de Dios” (1ª Cor. 15:50)  La esfera espiritual de Dios le es natural a él, pues él es Espíritu (Juan 4:24), y para los ángeles, pues estos también son espíritus (Heb. 1:14)  No podemos comprender cómo será el cuerpo en tal dimensión, pero tenemos la certeza de que “cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es” (1ª Juan 3:2) Para poder ver a Dios, nosotros debemos entrar a su dimensión, pues los seres físicos no pueden ver a Dios (1ª Tim. 6:16)  Jesús “transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas” (Fil. 3:20-21)  Cuando esto suceda, “veremos su rostro” (Apoc. 22:4), un rostro que ninguno de nosotros en nuestros cuerpos materiales puede contemplar y vivir ( Éxodo 33:20).  
Cuando seamos transformados, tendremos la gloria de los seres celestiales. Seremos glorificados con Cristo (Rom. 8:17), cuando hayamos entrado a la gloria, la honra y la paz (Rom. 2:7,10)  En nuestro nuevo estado “resplandeceremos como el sol en el reino” de nuestro Padre (Mat. 13:43)  “Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial” (1ª  Cor. 15:49).

Seremos personas eternas, con “vida eterna”, y no podremos ya más morir (Luc. 2=.36; Apoc. 21:4) La “vida eterna”, significa calidad de vida como también longevidad, lo cual se puede referir a una posesión presente (Juan 3:36; 5:24; 6:47; 1ª Juan 5:11,13), o la que recibiremos como recompensa por creer en Jesús y servirle(Mat. 19:29; Marcos 10:30; Luc. 18:30; Juan 10:28; Romanos 2:7; 6:22; 1ª Timoteo 6:12). 

Los muertos injustos continuaran viviendo. No obstante, su existencia eterna no debiera considerarse “vida eterna”; en lugar de ello, debiera llamarse “muerte eterna”, la cual es la segunda muerte, el lago de fuego (Apoc. 20:14) 

¿QUÉ ESTAREMOS HACIENDO?
Dios nos ha dado una descripción completa de lo que estaremos haciendo en el cielo, y tal vez por una buena razón. Nosotros, por estar en una condición física, podríamos pensar que no es emocionante lo que hacen los seres espirituales. Dado que nuestra felicidad por lo general se basa en cosas materiales, podríamos tener dificultad para emocionarnos con las actividades espirituales. Del cielo.  

Cuadro del cielo en la Catedral de Sevilla
En el cielo conoceremos sólo la felicidad, pues Dios “enjugará... toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni  habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron” (Apoc. 21:4). Los aspectos materiales de esta vida que nos han causado tristeza o que han sido una maldición para nosotros, no existirán más (Apoc. 22:3)  Los salvos entraremos al “gozo” de nuestro Señor (Mat. 25:21,23) Descansaremos de los trabajos de esta vida (Apoc. 14:13; hebreos 4:8-11).

Por toda la  eternidad nos gozaremos, porque estaremos con el Padre (Apoc. 21:3), con Jesús (Juan 12:25; 14:3; 17:24; 2ª  Cor. 5:6-8; Fil. 1:23; Col. 3:4; 1ª  Tes. 4:17), con los ángeles (Luc. 9:26), y con los que sean salvos (Mateo 13:43) Serviremos gozosamente a Jesús (Apoc. 22:3) y reinaremos con él por siempre (2ª  Tim. 2:12; Apoc. 22:5).  El será glorificado en los santos (2ª  Tes. 1:10), lo cual debe significar que Jesús será altamente honrado y reverenciado (Fil. 2:10-11) por los que él haya salvado. El cielo será un maravilloso lugar de amor, convivio y regocijo.

¿QUIÉNES IRÁN AL CIELO?
Esto fue lo que Jesús dijo: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre...” (Mateo 7:21)  “Vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen” (Heb. 5:9) Los que reciban la vida eterna “los que perseverando en bien hacer, buscan honra y honra” (Romanos 2:7), y “todo el que hace lo bueno” (Rom. 2:10).

Las glorias del cielo no se dan con base  en los méritos, sino con base en la gracia (2ª  Tes. 2:16) No vamos a poder jactarnos de haber ganado el cielo por medio de buenas obras (Efes. 2:8-9; Tito 3:5)  Simplemente diremos: “lo que debíamos hacer hicimos” (Luc. 10:17).

El cielo nos será dado como una herencia (Hech. 2:32; 26:18; Efes. 1:11,18; 5:5; Col. 1:12; 3:24; Heb. 9:15; 1 Pedro 1:4) Una herencia no es algo que se gana, es un regalo.  Los herederos son los hijos de Dios (Romanos 8:16-17; Gálatas 3:6-7,29)  Al ser nacidos de nuevo, de Dios (Juan 1:12-13) De esta forma nos convertimos en Hijos de Dios y herederos del cielo a través de la fe y el bautismo (Gál. 3:26,27)  Los  que no entrarán en el cielo son los que se revelan en contra de Dios y viven vidas inmorales (1ª  Cor. 6:9-10; Gál. 5:19-21) Debido a que no han sido lavados en la sangre de Jesús, ellos se quedarán contaminados y no podrán entrar al cielo (Apoc. 21:27; 2ª  Pedro 3:13)  Los que entrarán al cielo serán los que hayan sido lavados por la sangre de Jesús (Efes. 5:25-27; Col. 1:19-22)

¿SEREMOS TODOS RECOMPENSADOS IGUAL?
Hay quienes han llegado a la conclusión de que Dios dará grados de recompensa. Algunos basan tal conclusión en el hecho de que se mencionan tres diferentes coronas: La corona de “justicia” (2ª  Tim. 4:8), de “gloria” (1ª  Pedro 5:4), y de “vida” (Apoc. 2:10; Sant. 1:12)  Estas puede que no sean grados de recompensa, sino descripciones de las bendiciones de todos los justos.
Hay buen  fundamento para poder decir que todos recibirán la misma recompensa. En la parábola acerca de los que habían trabajado desde una hora hasta el día laboral completo, Jesús expresó que todos recibieron la misma paga (Mateo 20:2-15)  También enseñó que los que dieron todo recibirán la vida eterna (Luc. 18:30), pero no dijo nada de recompensas más grandes. Sería justo si Dios recompensara a unos más que a otros; no obstante, nadie merece el cielo. Si Dios da a todos la misma recompensa, tal como la parábola lo indica (Mateo 20:2-15), él todavía estaría mostrando su gracia a todos. 

¿NOS RECONOCEREMOS UNOS A OTROS?
Hay quienes han argüido que si nos reconocemos unos a otros, entonces tendremos dolor en el cielo, pues nos daremos cuenta que algunos de nuestros seres amados no lograron llegar allí. Esto podría ser problema; no obstante, los que vayamos al cielo comprenderemos la forma como Dios administra la justicia. Por esta razón, estaremos satisfechos con cualquiera que sea su veredicto.  
   
Otros han llegado a la conclusión de que no nos reconoceremos unos a otros pues nuestros cuerpos espirituales no lucirán como nuestros cuerpos terrenales. El hombre rico reconoció a Lázaro en el seno de Abraham después de que ambos salieron de sus cuerpos. Pablo les dijo a los hermanos Tesalonicenses que ellos serían la razón de su gozo y gloria en la venida de Cristo (1ª  Tes. 2:19-20) ¿Cómo podrían ser su razón para regocijarse si no pudiera reconocerlos y saber que estaban entre los salvos?  En el cielo los justos tendrán comunión por toda la eternidad con amigos salvos que tuvieron en la tierra y también con todos los salvos de la tierra.

CONCLUSIÓN:
El cielo  es un lugar maravilloso el cual excederá a nuestros más preciados sueños. Nuestra más grande aspiración debería ser el entrar en esa esfera espiritual donde se encuentra Jesús. Gozaremos de una nueva existencia espiritual por toda la eternidad en el cielo, donde habrá un maravilloso convivio. No tendremos más dolor, tristeza ni llanto. Todos será gozo, felicidad y paz.


Esta información se obtuvo de:
http://santamariadebaionadiocesistuy-vigo.blogspot.com.es/2011/05/el-cielo-la-recompensa-de-los-justos.html


¿Qué sabemos del purgatorio y del infierno?

El purgatorio y el infierno


Se habla sobre el purgatorio y el infierno y la realidad visible que estos representan.


El Purgatorio y el Infierno son dos realidades sobrenaturales de las cuales se habla poco y se conocen mucho menos. Sin embargo, como católicos sabemos que después de morir, nuestra alma puede irse al Cielo, al Purgatorio o al Infierno: depende de cómo fue nuestra vida en la Tierra.

En tiempos pasados, cuando se enseñaba la fe, se nos decía mucho: “Dios te va a castigar” o “Te vas a ir al infierno”. Frases por el estilo nos impedían entender la bondad de Dios.

Ahora, en cambio, las afirmaciones que escuchamos con mayor frecuencia son: “El infierno no existe” o “No pasa nada si hiciste algo malo”.

Pareciera que se está en el otro extremo y no se llega a la verdadera comprensión de lo que es el Infierno o el Purgatorio.

De hecho, hay quienes sostienen que el Demonio ganó una batalla importante: el hacer creer al hombre que el Infierno no existe...

El Infierno es un estado que corresponde, en el más allá, a los que mueren en pecado mortal y enemistad con Dios, habiendo perdido la gracia santificante por un acto personal, es decir, inteligente, libre y voluntario.
 

¿Crees que si no existiera el Infierno, Jesús hubiera empleado su tiempo, que Él sabía muy valioso, hablando de una mentira, algo ficticio, sólo para asustar a los hombres? Jesucristo sabía lo que es el Infierno y por eso vino al mundo: a librarnos de ese castigo eterno y a enseñarnos el camino para llegar al Cielo.

Por otra parte, si el Infierno no existiera, ¿qué sentido tendría la salvación? ¿A qué hubiera venido Jesús al mundo? ¿A salvarnos de qué?

No podemos escapar de creer que el Infierno es algo real. Debemos tomar en serio la posibilidad de ser desgraciados para siempre.
¿Existe el Purgatorio?

Las almas que llegaron a la muerte en estado de gracia, pero no totalmente purificadas para entrar al Cielo, pasan a un estado de purificación que conocemos con el nombre de Purgatorio.

Existe el riesgo de presentar al Purgatorio como un “infierno temporal”. Pero debe quedar claro que no es así. No sólo son distintos, sino contrarios, ya que el Infierno se centra en el odio, mientras que el Purgatorio se centra en el amor.

El retraso en la posesión de la persona amada provoca sufrimiento y ese sufrimiento purifica el amor, lleva a un amor más pleno. De esto se trata el Purgatorio: amor fundado en la esperanza de estar con el amado, al cual no se puede alcanzar en ese momento.

¿Cómo es posible que exista el Infierno, si Dios es infinitamente misericordioso?

Dios ofrece su amistad sobrenatural al hombre, quien puede rechazarla libremente. Dios ofrece esta amistad gratuita y libremente, pero nunca la impone. Además, nos da la vida terrena para elegirla.
Después de la muerte, el hombre ya no tendrá posibilidad de elección. El hombre que ha rechazado en su vida la amistad con Dios, ya no es admitido a ella.

Esta conciencia de no admisión y el saber que ya no tiene remedio, que ya no hay posibilidad de conversión, hace que surja en el condenado el odio y el endurecimiento.

En el momento de la muerte, el alma separada del cuerpo, por ser espíritu puro, queda fija para siempre en la posición a favor o en contra de Dios que tenía en el último momento de vida. Dios rechaza eternamente al condenado, pero no porque lo odie, pues su amor es siempre fiel, sino porque el condenado está eternamente cerrado a recibir el perdón. ¿Cómo poder perdonar a alguien que no quiere ser perdonado?

¿Hay alguien que realmente esté en el Infierno?

Eso no lo podemos afirmar. Sabemos que existe el Infierno con la misma certeza con la afirmamos que existe el Cielo. La Iglesia nos asegura que hay gente en el Cielo y que son los que han sido canonizados (declarados santos o santas). Pero, nunca se ha hecho una “canonización al revés”, que nos asegure que cierta persona está en el Infierno.

Sin embargo, hay quienes Dios les ha concedido una visión del Infierno, como Santa Teresa de Ávila, que escribió: “Vi almas que caían al Infierno como hojas que caen en el otoño”.

¿Puedo salvarme si me arrepiento en el último momento?

Es demasiado arriesgado pensar que puedes vivir como quieras y arrepentirte en el momento de la muerte, pues ese momento será muy difícil para ti.

Como dijo la Madre Teresa: “En el momento de la agonía, el hombre sufre tanto, que es muy fácil que se sienta invadido por la desesperación y la angustia, y estos sentimientos lo vuelvan incapaz de arrepentirse y recibir el perdón de Dios”.

Será muy difícil que en el último momento tengas la fuerza y la valentía para arrepentirte, si viviste toda tu vida lejos de Dios. Sin embargo, si te empeñas en arriesgarte, es verdad que Dios te da la posibilidad de arrepentirte hasta el último instante de vida y puedes salvarte con ese único acto de arrepentimiento.



¿En qué consistirán las penas del Infierno?

Así como en el Cielo disfrutaremos plenamente, como hombres formados de cuerpo y alma, en el Infierno también se darán dos elementos de sufrimiento:

El sufrimiento del alma por no poder ver a Dios, llamado pena de daño. Este sufrimiento se deriva de que los que fueron condenados ya vieron a Dios, con toda su belleza y grandiosidad, en el día del juicio y… ya no lo podrán ver jamás. Es el sufrimiento ocasionado por sentirse irresistiblemente atraídos hacia Dios, sabiéndose eternamente rechazados por Él.

El sufrimiento del cuerpo o pena de sentido.

Aquí se trata de un elemento material que causa un daño físico, un dolor intensísimo en el cuerpo. Para significar este gran sufrimiento, Cristo habla en el Evangelio de “fuego”, y aunque no necesariamente es un fuego como el que conocemos en la Tierra, ésta es la imagen que comúnmente tenemos de las penas del Infierno.

¿Puede un condenado arrepentirse?

¡Ojalá pudiera, pero ya no tiene esta posibilidad! El corazón de los condenados se endurece. Sufren por no estar con Dios, pero ese sufrimiento se transforma en envidia y en odio. Se convierten en enemigos de Dios.

Santa María Magdalena de Pazzi oyó una vez la voz de Dios que le dijo:
“Entre los condenados reina el odio, pues cada uno ve ahí a aquél que fue la causa de su condenación y lo odia por haberlo llevado ahí. De esta manera, los recién llegados aumentan la rabia que ya existía antes de su llegada”.

 
¿Podemos imaginar el Infierno?

Si hacemos la operación inversa a pensar en el Cielo, es posible hacernos una idea aproximada acerca de cómo podría ser el Infierno. Aunque será una analogía, pues como ya dijimos, el cuerpo resucitado no será un cuerpo como el que ahora tenemos, sino diferente, que ya no estará sujeto al espacio y al tiempo.

Para hacerte una idea de lo que es el Infierno, imagina el lugar más horrible que puedas, quítale lo poco bello que le quede y llénalo de las cosas más repugnantes y aterradoras. Imagínate haciendo lo que más aborreces, sufriendo dolores en todo el cuerpo; contemplando imágenes espantosas; escuchando sonidos estridentes y desafinados; experimentando los sabores más amargos; sufriendo con los olores más desagradables, y sintiendo en tu corazón los peores sentimientos: envidia, celos, remordimiento, rencor, odio.

Después, rodéate de las personas más abominables que te puedas imaginar: orgullosas, envidiosas, egoístas, criticonas, sarcásticas, sádicas y degeneradas. Y lo peor de todo… te sientes irresistiblemente atraído hacia Dios y sabes que nunca podrás llegar a estar con Él.

Piensa que en ese lugar estarás aprisionado para siempre, sin posibilidad alguna de escapar. Esta puede ser una imagen semejante al Infierno, pero debes tener la seguridad de que cualquier cosa que te imagines será mínima frente a la realidad, pues nuestra condición humana nos hace incapaz de imaginar un sufrimiento sin límites.

El camino seguro para ir al infierno:

Si sigues los pasos que a continuación se presentan, puedes estar seguro de estar en el camino ancho y espacioso que lleva a la perdición. No tienes que hacer todo, sólo con que cumplas bien alguno de ellos, habrás asegurado tu infelicidad eterna.

Búrlate de lo que hacen los demás, con la seguridad de que nadie puede hacer las cosas tan bien como las haces tú. Piensa sólo en ti, en tus intereses y deseos y no vayas a cometer nunca el error de preocuparte por lo que piensan o sienten los demás. Siempre muéstrate indiferente ante los problemas de los demás. Convéncete de que cada cual debe de preocuparse de lo propio.

Procura desconfiar de todo el mundo. Piensa mal de todos y de todo. No olvides hablar mal de ellos y hacer públicos sus errores.

Cuando alguien te haga enojar, descarga tu furia sobre él con actos y palabras. Nunca vayas a cometer el error de perdonarlo.

Prueba todas las experiencias autodestructivas que se te presenten en el camino. Sigue los consejos de todas las campañas publicitarias, ve todas las películas y revistas que lleguen a tus manos, sin importar su contenido, de esta manera llenarás tu corazón de ideas materialistas y ya no existirá lugar alguno por donde Dios pueda entrar. Ten cuidado de no dejar ni un hueco, pues Dios puede infiltrarse por ahí para intentar salvarte.

Apégate lo que más puedas a las cosas materiales. Funda tu felicidad en ellas y siéntete desgraciado cuando no tengas algo o pierdas aquello que ya tenías. Desea siempre tener más y más, y nunca vayas a compartirlo con nadie.

Come y bebe lo más que puedas. Si se trata de bebidas alcohólicas o drogas, aún mejor. De esta manera, perderás la conciencia de tus actos y podrás cometer atrocidades sin los molestos remordimientos de conciencia que tal vez podrían hacerte cambiar.

Entristécete por todo lo bueno que les suceda a los demás y deséales el mal a todos. Piensa que nadie tiene derecho a ser más feliz que tú. Si esto llegara a suceder, saca todas las armas para destruir con tus actos y tus palabras a la persona que haya osado tener una cualidad o una cosa que tú mereces y ella no.

No te esfuerces por nada. Cualquier cosa que te cueste un poco podría hacer de ti una mejor persona y librarte del infierno.
¡Cuidado!

Jamás hagas oración.

¿Dónde se habla del Infierno en el Evangelio?

Jesucristo habla del Infierno en el Evangelio y expresa claramente su carácter de castigo doloroso y eterno.

Algunas de estas citas se encuentran en:
San Mateo:
“Quien dijere a su hermano “insensato”, será reo de la gehena del fuego” (5,22).
“No temáis a los que matan el cuerpo; temed más bien a los que pueden arruinar el cuerpo y el alma en el fuego eterno” (10,28).
“Y los echarán al horno de fuego; allí llorarán y les rechinarán los dientes” (13,50).
“Atadlo y echadlo fuera a las tinieblas, donde habrá llanto y crujir de dientes” (22,13).
“Y el siervo inútil será arrojado a las tinieblas”. (25,30)
“ irán éstos al tormento eterno” (25,46).
San Marcos:
“Más te vale entrar manco al Cielo, que entrar con las dos manos a la gehena, al fuego inextinguible” (9,43-48).
San Lucas:
“… para que no vengan también ellos a este lugar de tormento…” (16, 28).

Algunas personas, incluso algunos sacerdotes, podrán decirte que el Infierno es una especie de Purgatorio transitorio.
Recuerda que el Infierno es la separación eterna de Dios, infelicidad plena (Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1033-1037).
También, podrás encontrar a quienes te digan que el Purgatorio es un invento de la Edad Media. El Purgatorio es la purificación final de los elegidos, completamente distinta del castigo de los condenados (Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1031).

El verdadero camino es el de la puerta estrecha, si queremos llegar a Dios.
 Autor: Pa´que te salves | Fuente: Catholic.net

Si queréis realizar un VIAJE AL INFIERNO, entrad en:

http://santamariadebaionadiocesistuy-vigo.blogspot.com.es/2011/01/el-infierno.html

Como es un tema que me preocupa, y tengo la experiencia de que, aunque es un tema tabú para muchos, al final entran a escondidas porque nadie les ve, puedo deciros, que una visita virtual a ese lugar, nos puede dar idea de las consecuencias de no comportarnos bien aquí en la tierra, como Dios quiere. No es indiferente y tengo cierto, que Dios se preocupa de nosotros. Se hizo Hombre, para salvarnos de esa "quema".

Ahora confía en que seamos responsables y pongamos nuestra parte, siendo agradecidos y demostrándolo, siendo consecuentes y... evangelizando a los descuidados. 

Os puedo decir que ha sido el artículo más visitado en ese blog, con más de 38000 visitas virtuales.

Espero que el esfuerzo de este blog de Baredo, unido a otros, saque a alguno de ir a ese lugar. Ya nos daremos por satisfechos si conseguimos el objetivo, concorde desde luego con la voluntad de Dios. FRANJA

28 oct 2013

Reflexión: Tal como eres

 
 
En un mundo de comparaciones
y conformidad, preséntate tal como eres,
demostrando lo que sientes..

No trates de gustar a todos, es un desgaste
inútil, que no valora nadie...
Porque siempre estarán demandando más…  y más…
Solo quienes te quieren, te valoran
y te aceptan como eres.

Disfruta el honor a tu propia verdad,
del valor de ser tú mismo,
arriésgate a comunicar tus emociones.

Comparte tus debilidades, tus temores,
tus dudas, e inseguridades; tus sueños.

Deja que los demás te conozcan como eres,
permitirte el valor de ser tú mismo.

De reconocer que eres una persona maravillosa,
única, sincera, honesta, comenzando por ti mismo.
 

Oraciones a San Judas Tadeo: 28 de Octubre



23 oct 2013

Un amor es...

Amor! , en español

Un amor es quien te acepta como eres,
quien te ayuda a ser mejor.

Es alguien que te levanta el ánimo
cuando lo necesitas.

Es alguien con quien se puede bromear
sin que te enojes.

Es alguien que se acuerda de ti
cuando reza.

Es alguien que te quiere por lo que eres
y no por lo que tienes ni por lo que sabes.

Es alguien que no se queda mirando,
sino que te lleva a mirar juntos
en la misma dirección.

Es alguien que se interesa por tus cosas...
aunque sean pequeñas.

Es alguien que se acuerda de ti
cuando tú no estás
y no te deja cuando fracasas.

Es alguien que comparte
tu soledad y tu tristeza,
así como tus alegrías y tus sonrisas.

Es alguien que trata de entenderte.

Es alguien que se lanza contigo
a correr riesgos,
y que nunca te negará su ayuda
cuando la necesites.
 

20 oct 2013

Las Virtudes Teologales


(…) Lo que me asombra, dice Dios, es la esperanza,
y no salgo de mi asombro.

Esta pequeña esperanza que parece una cosita de nada,
esta pequeña niña esperanza,
inmortal.

Porque mis tres virtudes, dice Dios, mis criaturas,
mis hijas, mis niñas,
son como mis otras criaturas de la raza de los hombres:
la Fe es una esposa fiel,
la Caridad es una madre, una madre ardiente, toda corazón,
o quizá es una hermana mayor que es como una madre.

la Esperanza es una niñita de nada
que vino al mundo la Navidad del año pasado
y que juega todavía con Enero, el buenazo,
con sus arbolitos de madera de nacimiento,
cubiertos de escarcha pintada,
y con su buey y su mula de madera pintada,
y con su cuna de paja que los animales no comen porque son de madera.
Pero, sin embargo, esta niñita esperanza es la que
atravesará los mundos, esta niñita de nada,
ella sola, y llevando consigo a las otras dos virtudes,
ella es la que atravesará los mundos llenos de obstáculos (…)

Por el camino empinado, arenoso y estrecho,
arrastrada y colgada de los brazos de sus dos hermanas mayores,
que la llevan de la mano,
va la pequeña esperanza
y en medio de sus dos hermanas mayores da la sensación
de dejarse arrastrar
como un niño que no tuviera fuerza para caminar.
Pero, en realidad, es ella la que hace andar a las otras dos,
y la que las arrastra,
y la que hace andar al mundo entero
y la que le arrastra (…)”

Rosa Ruiz, CM

Mensaje del Papa Francisco para el día del Domund 2013 - 20 de Octubre

 

Queridos hermanos y hermanas: Este año celebramos la Jornada Mundial de las Misiones mientras se clausura el Año de la fe, ocasión importante para fortalecer nuestra amistad con el Señor y nuestro camino como Iglesia que anuncia el Evangelio con valentía. En esta prospectiva, quisiera proponer algunas reflexiones. 

1. La fe es un don precioso de Dios, que abre nuestra mente para que lo podamos conocer y amar, Él quiere relacionarse con nosotros para hacernos partícipes de su misma vida y hacer que la nuestra esté más llena de significado, que sea más buena, más bella. Dios nos ama. Pero la fe necesita ser acogida, es decir, necesita nuestra respuesta personal, el coraje de poner nuestra confianza en Dios, de vivir su amor, agradecidos por su infinita misericordia. Es un don que no se reserva sólo a unos pocos, sino que se ofrece a todos generosamente. Todo el mundo debería poder experimentar la alegría de ser amados por Dios, el gozo de la salvación. Y es un don que no se puede conservar para uno mismo, sino que debe ser compartido. Si queremos guardarlo sólo para nosotros mismos, nos convertiremos en cristianos aislados, estériles y enfermos. El anuncio del Evangelio es parte del ser discípulos de Cristo y es un compromiso constante que anima toda la vida de la Iglesia. «El impulso mis ionero es una señal clara de la madurez de una comunidad eclesial» (Benedicto XVI, Exhort. ap. Verbum Domini, 95). Toda comunidad es “adulta”, cuando profesa la fe, la celebra con alegría en la liturgia, vive la caridad y proclama la Palabra de Dios sin descanso, saliendo del propio ambiente para llevarla también a las “periferia”, especialmente a aquellas que aún no han tenido la oportunidad de conocer a Cristo. La fuerza de nuestra fe, a nivel personal y comunitario, también se mide por la capacidad de comunicarla a los demás, de difundirla, de vivirla en la caridad, de dar testimonio a las personas que encontramos y que comparten con nosotros el camino de la vida.

2. El Año de la fe, a cincuenta años de distancia del inicio del Concilio Vaticano II, es un estímulo para que toda la Iglesia reciba una conciencia renovada de su presencia en el mundo contemporáneo, de su misión entre los pueblos y las naciones. La misionariedad no es sólo una cuestión de territorios geográficos, sino de pueblos, de culturas e individuos independientes, precisamente porque los “confines” de la fe no sólo atraviesan lugares y tradiciones humanas, sino el corazón de cada hombre y cada mujer. El Concilio Vaticano II destacó de manera especial cómo la tarea misionera, la tarea de ampliar los confines de la fe es un compromiso de todo bautizado y de todas las comunidades cristianas: «Viviendo el Pueblo de Dios en comunidades, sobre todo diocesanas y parroquiales, en las que de algún modo se hace visible, a ellas pertenece también dar testimonio de Cristo delante de las gentes» (Decr. Ad gentes, 37). Por tanto, se pide y se invita a toda comunidad a hacer propio el mandato confiado por Jesús a los Apóstoles de ser sus «testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1,8), no como un aspecto secundario de la vida cristiana, sino como un aspecto esencial: todos somos enviados por los senderos del mundo para caminar con nuestros hermanos, profesando y dando testimonio de nuestra fe en Cristo y convirtiéndonos en anunciadores de su Evangelio. Invito a los obispos, a los sacerdotes, a los consejos presbiterales y pastorales, a cada persona y grupo responsable en la Iglesia a dar relieve a la dimensión misionera en los programas pastorales y formativos, sintiendo que el propio compromiso apostólico no está completo si no contiene el propósito de “dar testimonio de Cristo ante las naciones”, ante todos los pueblos. La misionariedad no es sólo una dimensión programática en la vida cristiana, sino también una dimensión paradigmática que afecta a todos los aspectos de la vida cristiana.

3. A menudo, la obra de evangelización encuentra obstáculos no sólo fuera, sino dentro de la comunidad eclesial. A veces el fervor, la alegría, el coraje, la esperanza en anunciar a todos el mensaje de Cristo y ayudar a la gente de nuestro tiempo a encontrarlo son débiles; en ocasiones, todavía se piensa que llevar la verdad del Evangelio es violentar la libertad. A este respecto, Pablo VI usa palabras iluminadoras: «Sería… un error imponer cualquier cosa a la conciencia de nuestros hermanos. Pero proponer a esa conciencia la verdad evangélica y la salvación ofrecida por Jesucristo, con plena claridad y con absoluto respeto hacia las opciones libres que luego pueda hacer… es un homenaje a esta libertad» (Exhort, Ap. Evangelii nuntiandi, 80). Siempre debemos tener el valor y la alegría de proponer, con respeto, el encuentro con Cristo, de hacernos heraldos de su Evangelio, Jesús ha venido entre nosotros para mostrarnos el camino de la salvación, y nos ha confiado la misión de darlo a conocer a todos, hasta los confines de la tierra. Con frecuencia, vemos que lo que se destaca y se propone es la violencia, la mentira, el error. Es urgente hacer que resplandezca en nuestro tiempo la vida buena del Evangelio con el anuncio y el testimonio, y esto desde el interior mismo de la Iglesia. Porque, en esta perspectiva, es importante no olvidar un principio fundamental de todo evangelizador: no se puede anunciar a Cristo sin la Iglesia. Evangelizar nunca es un acto aislado, individual, privado, sino que es siempre eclesial. Pablo VI escribía que «cuando el más humilde predicador, catequista o Pastor, en el lugar más apartado, predica el Evangelio, reúne su pequeña comunidad o administra un sacramento, aun cuando se encuentra solo, ejerce un acto de Iglesia»; no actúa «por una misión que él se atribuye o por inspiración personal, sino en unión con la misión de la Iglesia y en su nombre» (ibíd., 60). Y esto da fuerza a la misión y hace sentir a cada misi onero y evangelizador que nunca está solo, que forma parte de un solo Cuerpo animado por el Espíritu Santo.

4. En nuestra época, la movilidad generalizada y la facilidad de comunicación a través de los nuevos medios de comunicación han mezclado entre sí los pueblos, el conocimiento, las experiencias. Por motivos de trabajo, familias enteras se trasladan de un continente a otro; los intercambios profesionales y culturales, así como el turismo y otros fenómenos análogos empujan a un gran movimiento de personas. A veces es difícil, incluso para las comunidades parroquiales, conocer de forma segura y profunda a quienes están de paso o a quienes viven de forma permanente en el territorio. Además, en áreas cada vez más grandes de las regiones tradicionalmente cristianas crece el número de los que son ajenos a la fe, indiferentes a la dimensión religiosa o animados por otras creencias. Por tanto, no es raro que algunos bautizados escojan estilos de vida que les alejan de la fe, convirtiéndolos en necesitados de una “nueva evangelización”. A esto se suma el hecho de que a una gran parte de la humanidad todavía no le ha llegado la buena noticia de Jesucristo. Y que vivimos en una época de crisis que afecta a muchas áreas de la vida, no sólo la economía, las finanzas, la seguridad alimentaria, el medio ambiente, sino también la del sentido profundo de la vida y los valores fundamentales que la animan. La convivencia humana está marcada por tensiones y conflictos que causan inseguridad y fatiga para encontrar el camino hacia una paz estable. En esta situación tan compleja, donde el horizonte del presente y del futuro parece estar cubierto por nubes amenazantes, se hace aún más urgente el llevar con valentía a todas las realidades, el Evangelio de Cristo, que es anuncio de esperanza, reconciliación, comunión; anuncio de la cercanía de Dios, de su misericordia, de su salvación; anuncio de que el poder del amor de Dios es capaz de vencer las tinieblas del mal y conducir hacia el camino del bien. El hombre de nuestro tiempo necesita una luz fuerte que ilumine su cam ino y que sólo el encuentro con Cristo puede darle. Traigamos a este mundo, a través de nuestro testimonio, con amor, la esperanza que se nos da por la fe. La naturaleza misionera de la Iglesia no es proselitista, sino testimonio de vida que ilumina el camino, que trae esperanza y amor. La Iglesia –lo repito una vez más– no es una organización asistencial, una empresa, una ONG, sino que es una comunidad de personas, animadas por la acción del Espíritu Santo, que han vivido y viven la maravilla del encuentro con Jesucristo y desean compartir esta experiencia de profunda alegría, compartir el mensaje de salvación que el Señor nos ha dado. Es el Espíritu Santo quién guía a la Iglesia en este camino.

5. Quisiera animar a todos a ser portadores de la buena noticia de Cristo, y estoy agradecido especialmente a los misioneros y misioneras, a los presbíteros fidei donum, a los religiosos y religiosas y a los fieles laicos –cada vez más numerosos– que, acogiendo la llamada del Señor, dejan su patria para servir al Evangelio en tierras y culturas diferentes de las suyas. Pero también me gustaría subrayar que las mismas iglesias jóvenes están trabajando generosamente en el envío de misioneros a las iglesias que se encuentran en dificultad –no es raro que se trate de Iglesias de antigua cristiandad– llevando la frescura y el entusiasmo con que estas viven la fe que renueva la vida y da esperanza. Vivir en este aliento universal, respondiendo al mandato de Jesús «Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones» (Mt 28,19) es una riqueza para cada una de las iglesias particulares, para cada comunidad, y donar misioneros y misioneras nunca es una pérdida sino una ganancia. Hago u n llamamiento a todos aquellos que sienten la llamada a responder con generosidad a la voz del Espíritu Santo, según su estado de vida, y a no tener miedo de ser generosos con el Señor. Invito también a los obispos, las familias religiosas, las comunidades y todas las agregaciones cristianas a sostener, con visión de futuro y discernimiento atento, la llamada misionera ad gentes y a ayudar a las iglesias que necesitan sacerdotes, religiosos y religiosas y laicos para fortalecer la comunidad cristiana. Y esta atención debe estar también presente entre las iglesias que forman parte de una misma Conferencia Episcopal o de una Región: es importante que las iglesias más ricas en vocaciones ayuden con generosidad a las que sufren por su escasez.

Al mismo tiempo exhorto a los misioneros y a las misioneras, especialmente los sacerdotes fidei donum y a los laicos, a vivir con alegría su precioso servicio en las iglesias a las que son destinados, y a llevar su alegría y su experiencia a las iglesias de las que proceden, recordando cómo Pablo y Bernabé, al final de su primer viaje misionero «contaron todo lo que Dios había hecho a través de ellos y cómo había abierto la puerta de la fe a los gentiles» (Hch 14,27). Ellos pueden llegar a ser un camino hacia una especie de “restitución” de la fe, llevando la frescura de las Iglesias jóvenes, de modo que las Iglesias de antigua cristiandad redescubran el entusiasmo y la alegría de compartir la fe en un intercambio que enriquece mutuamente en el camino de seguimiento del Señor.

La solicitud por todas las Iglesias, que el Obispo de Roma comparte con sus hermanos en el episcopado, encuentra una actuación importante en el compromiso de las Obras Misionales Pontificias, que tienen como propósito animar y profundizar la conciencia misionera de cada bautizado y de cada comunidad, ya sea reclamando la necesidad de una formación misionera más profunda de todo el Pueblo de Dios, ya sea alimentando la sensibilidad de las comunidades cristianas a ofrecer su ayuda para favorecer la difusión del Evangelio en el mundo.

Por último, me refiero a los cristianos que, en diversas partes del mundo, se encuentran en dificultades para profesar abiertamente su fe y ver reconocido el derecho a vivirla con dignidad. Ellos son nuestros hermanos y hermanas, testigos valientes –aún más numerosos que los mártires de los primeros siglos– que soportan con perseverancia apostólica las diversas formas de persecución actuales. Muchos también arriesgan su vida por permanecer fieles al Evangelio de Cristo. Deseo asegurarles que me siento cercano en la oración a las personas, a las familias y a las comunidades que sufren violencia e intolerancia, y les repito las palabras consoladoras de Jesús: «Confiad, yo he vencido al mundo» (Jn 16,33).

Benedicto XVI exhortaba: « ‘Que la Palabra del Señor siga avanzando y sea glorificada’ (2 Ts 3, 1): que este Año de la fe haga cada vez más fuerte la relación con Cristo, el Señor, pues sólo en él tenemos la certeza para mirar al futuro y la garantía de un amor auténtico y duradero» (Carta Ap. Porta fidei, 15). Este es mi deseo para la Jornada Mundial de las Misiones de este año. Bendigo de corazón a los misioneros y misioneras, y a todos los que acompañan y apoyan este compromiso fundamental de la Iglesia para que el anuncio del Evangelio pueda resonar en todos los rincones de la tierra, y nosotros, ministros del Evangelio y misioneros, experimentaremos “la dulce y confortadora alegría de evangelizar” (Pablo VI, Exhort. Ap. Evangelii nuntiandi, 80).

Vaticano, 19 de mayo de 2013, Solemnidad de Pentecostés

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